Cayetano Rivera Ordonez - interview Vanity Fair

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 El toro es el miedo del que menos le cuesta hablar. Lo que a Cayetano Rivera Ordóñez le aterra es la invasión de su intimidad, una sombra que lo acompaña desde que nació con unos apellidos que despiertan por igual admiración y morbo. Reservado, perfeccionista, cabal, competitivo, amante del riesgo... Acompañamos al matador al final de su exitosa tercera temporada y nos habla de recuerdos de su infancia, de sus padres, de su crisis personal, del poder de la determinación y de cómo manejar tu vida con todos los elementos en contra.

Lo primero que me llamó la atención de Cayetano Rivera Ordóñez (Madrid, 1977) fue descubrir que su mozo de espadas iba para sociólogo cuando lo fichó. Sucedió un día de noviembre de 2004, pocos meses antes de debutar como novillero. “Yo no tenía ni idea ni de cómo se ataban los machos, pero él me dijo que quería que fuera su hombre de confianza y que ya aprendería”, recuerda Ramiro Curá, 37 años. Moderno, cultivado, autor de un blog. La antítesis de lo que uno se imagina de un mozo de espadas. Y, sobre todo, —ésa era la clave— su amigo desde la adolescencia.

Tampoco Curro Vázquez, tío de Cayetano, había apoderado hasta el momento a ningún torero. Tras su retirada de los ruedos vivía “muy bien” de sus negocios inmobiliarios. De hecho, el ex matador fue uno de los que intentaron disuadirle de su idea —sorprendente, descabellada, tardía por llegar a los 28 años — de seguir la tradición familiar de los Ordóñez, de los Rivera, de los Dominguín, escrita con sangre. “Lo llevamos a torear vaquillas muy toreadas, fue sometido a madrugones, a frío, a calor extremo, a un entrenamiento durísimo destinado a que abandonara, pero resultó inútil. Cuanto más sufría, más crecía su determinación”, recuerda Curro.


—¿La de torear es la decisión más solitaria que ha tomado en su vida?

—Sí, no fue fácil, estuve año y medio sin contárselo a nadie. Era consciente de la repercusión que iba a tener, de las expectativas y de que todos los que me quieren intentarían disuadirme. ¿El detonante exacto? Puede ser que atravesara una crisis profesional y que no me encontrara realizado tampoco personalmente. Pero yo necesitaba saber qué era eso que había sentido toda mi familia para dedicarse a algo que ponía en riesgo la propia vida”.

Hemos quedado en un lugar discreto, casi desértico, a prueba de curiosos. Cayetano, con su camiseta verde, vaqueros y gafas de sol de corte clásico parece diez años más joven que vestido de luces. “Un pincho de tortilla y una Coca-Cola, por favor”. Observa mucho, mide al milímetro sus palabras, sopesa las tuyas. “Se torea como se es”, dicen los taurinos parafraseando a Juan Belmonte. Y él torea lento, sin tremendismo ni pasos en falso. Acaba de empezar sus cortas vacaciones antes de arrancar la temporada de América. 60 corridas, 78 orejas, 22 salidas a hombros, 119 reses lidiadas. Algún susto, nada grave. Pero lo que hoy interesa a la mayoría de la prensa tiene muy poco que ver con su profesión. La noticia asegura que se casa con su novia, la modelo y presentadora Eva González, y que por eso está agilizando la anulación de su matrimonio. En los días siguientes habrá otros muchos focos de interés extrataurino sobrevolándole, protagonizados por su hermano Francisco, su tía Belén, su hermano Julián Contreras e incluso él mismo en un “robado” mientras recogía a su hija, Lucía, de 11 años, que adoptó tras casarse y que adora. Con semejante campo de minas uno entiende que Cayetano busque, sobre todo, confianza a su alrededor. ¿Otro detalle? El responsable de su web oficial es un primo suyo.
 


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